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El miedo, la rabia y la tristeza entran en el triángulo de las llamadas emociones de defensa. No son negativas, las necesitamos para crecer.

¿Cómo educar a nuestros hijos cuando alguna de ellas aparece?

Cuando un niño atraviesa por alguna de estas emociones, pierde su estado de equilibrio y para volver a él, necesita de un adulto que lo pueda heterorregular: - `Yo, desde mi calma, te regulo a ti’.

Como su cerebro prefrontal no ha terminado de desarrollarse ni de madurar, cabe destacar que el niño frente a estas crisis, no puede autorregularse solo. No es que no quiera, sino que no puede debido a los procesos neurofisiológicos que ocurren a nivel cerebral. Es por eso que es tan importante la intervención oportuna del adulto, al momento de enfrentar estos estallidos emocionales.

Nosotros como padres, en este proceso que dura toda la infancia y parte de la adolescencia, somos los encargados de enseñar y entrenar el cerebro emocional de nuestros hijos, para que aprendan a gestionar sus emociones, con paciencia y amor incondicional.

Cuando los niños sienten que no son escuchados, cuando les obligan a hacer algo que no quieren, sienten rabia. ¿Qué hacer en esos casos?
a) Permitir que exprese la emoción. Que exprese lo que siente con libertad, que llore todo lo que necesita
b) Tratar de volverlo a la calma (mediante un abrazo, una caricia). Poniéndonos siempre a su altura, con conexión de mirada.
c) Etiquetar y nombrar la emoción
d) Ponernos en su lugar, ser empáticos
e) Darle una explicación breve de lo ocurrido.

Criticamos la conducta, nunca la emoción. Y de esta manera lo voy ayudando a que comience a entrenar su inteligencia emocional. Haciendo consciente lo que le ocurre a nivel inconsciente, brindando herramientas.

Cuando sienten miedo, perciben que están en peligro. Aunque esto solo ocurra en su imaginación, el cerebro lo vive como real. ¿Y qué hacemos cuando sentimos miedo? Huimos, escapamos. El miedo es subjetivo, no todos le tenemos miedo a las mismas cosas. Si nuestro hijo, por ejemplo, nos dice: “Tengo miedo a los fantasmas”. No debemos, subestimarlo. Debemos creerle, el miedo está en su cabeza, por lo tanto, existe. Jamás debemos decirle: “Los fantasmas no existen” Porque lo estamos negando como persona. ¿Cómo ser un buen padre en este caso? Conteniendo, acompañando y buscando estrategias para poder ayudarlo: “¿Y…? si nos quedamos juntos, despiertos toda la noche a ver qué pasa? O, tranquilo, yo me voy a quedar contigo para que no sientas miedo”

Sienten tristeza cuando pierden algo. La tristeza es una emoción de repliegue, nos hacemos chiquitos, nos desconectamos del resto, para conectarnos con nosotros. Debemos permitirla y acompañarla, siempre.

¿Sabías que los niños cuyos padres no suelen atender estas necesidades emocionales suelen tener su corteza prefrontal más fina, más inmadura, menos conectada y sus amígdalas cerebrales más hiperactivadas? Este es el motivo por el cual se suelen comportar de una manera hiperactiva. Ya que, al tener su corteza frontal tan delgada, no pueden controlar sus impulsos, ni regular sus emociones. No permitas que esto le pase a tu hijo.
 

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